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En 2016, el PBI cayó en pesos pero alcanzó un récord en dólares

El Indec estimó una contracción de 2,3% en términos reales. Por el contrario en moneda dura aumentó a más de 544 mil millones.

La Argentina es el país de las permanentes antinomias: agro-industria; consumo público y privado; consumo o inversión; gobierno populista-gobierno de los CEOs, y así la lista podría ser interminable, y por tanto cualquier variable que se analice debe pasar por el filtro del cristal con que se la mire, para no caer en desacertados diagnósticos y recomendaciones de política.

Con la medición del PBI, es decir, la generación de riqueza en un determinado período de tiempo, de habitual medición trimestral, pero siempre como parte del agregado de un año, pasa lo mismo, en particular en una Argentina donde prevalece una elevada tasa de inflación y severos movimientos de los precios relativos entre los bienes y servicios, como de los salarios, el costo del dinero y la paridad cambiaria.

En términos de la moneda nacional, el PBI subió nominalmente en el último año 37,6%, a poco más de 8 billones de pesos (millones de millones), como consecuencia de una disminución del 2,3% en términos reales, y del aumento de los precios implícitos del 40,9%, muy similar a la variación del Índice de Precios al Consumidor entre extremos.

Otra historia es la medición en dólares

La conversión a moneda dura de los citados 8 billones de pesos, al tipo de cambio mayorista, que es el que predomina en las transacciones de comercio exterior y flujo financiero con el resto del mundo, determinó una valuación del PBI de USD 544.500 millones, récord absoluto en la serie que elabora la Dirección de Cuentas Nacionales del Indec, subió 20,2 por ciento.

Ese valor, dividido por una población estimada por el organismo oficial de estadística de 43,59 millones de habitantes, arrojó un PBI por habitante y por año de USD 12.506, el más alto de la serie histórica: aumentó 19,3% en comparación con el nivel previo, y también superó en 4,3% al pico anterior, que se anotó en 2011, cuando aún no habían gravitado los innumerables efectos negativos del cepo cambiario y cierre de la economía.

Esa mejora de la capacidad de compra en el resto del planeta de los ingresos generados dentro de las fronteras, pese a que apenas equivale a mil dólares por mes por habitante, y sube a USD 2.000 para el grupo familiar medio (si los dos mayores aportan con su trabajo al sustento del hogar que integran con dos menores), contrasta con la penuria que afecta a un cuarto de los grupos habitacionales que concentran casi un tercio de la población, y la caída del 1,4% que el Indec estimó para el consumo privado en el país.

Esa antinomia entre caída del PBI en 2,3% en pesos constantes, y crecimiento del 19,3% en dólares corrientes ha llevado a muchos economistas a plantear la necesidad de un «ajuste» cambiario, porque el aparente rezagado que mantiene la paridad con el dólar está determinando un elevado costo argentino, y fuga de divisas para consumir en el exterior de quienes tienen alto poder adquisitivo, junto a los que habitan próximos a las fronteras, principalmente de Chile, pero también, aunque menos destacado, con Uruguay, Brasil, Paraguay y Bolivia.

Pero del lado empresario alertan que la dependencia de los insumos y tecnologías importadas, más intensa en los productores de bienes, donde llega hasta más de 50% del costo total, y también en los servicios financieros, de salud, comunicaciones, una corrección cambiaria impacta negativamente sobre la inflación. De ahí que el camino que aconsejan recorrer es el de invertir para mejorar la competitividad por la vía del aumento de la productividad en el uso de los factores de producción: capital, tecnología y trabajo.

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